Cuarto número de 2013. Con Yeah Yeah Yeahs en portada y artículos sobre los nuevos trabajos de Gus Van Sant, Steven Soderbergh, The Knife, James Blake… Además de reseñas de otros discos y películas.
Archivado en: Reseñas
03/05/2013 • 0:00 0
02/05/2013 • 0:00 0
Un marcado tono político que se puede apreciar en el título de canciones como “Fracking Fluid Injection”, e incluso en los propios sonidos de un álbum dominado por su caracter industrial y escurridizo. Sin ceñirse a ninguna faceta del dúo en concreto, consiguen autoexplotarse a lo largo de la extensa duración del álbum, quizás algo excesiva, apoyada por la estética feísta del disco.
Shaking The Habitual, esperado regreso tras el muy bien recibido Silent Shout, presenta a los hermanos Dreijer en el disco más ambicioso de su carrera y también el que tiene un concepto más fuerte detrás. Empezando por la portada, con esos colores estridentes hasta el punto de resultar irritante. Pues bien, esas mismas sensaciones se trasladan al interior de unas canciones que parten de sonidos reconocibles para irse deformando en piezas que suenan enigmáticas provocando al mismo tiempo cierta obsesión.
La estructura de Shaking The Habitual confunde. Si la primera parte es una celebrada vuelta a los sonidos y ambientes de sus dos primeros discos, desde la visión madura conseguida con Silent Shout, la segunda parte es un retorcido avance industrial que escapa a cualquier posible etiqueta. Lo que separa las dos partes es una pieza ambiental de veinte minutos que parece tener el sentido de un descanso. Tiempo para consejos publicitarios, que al igual que en la televisión, resulta completamente innecesario antes de volver a encender el motor tribal que dirige la mayor parte de los temas.
El ambiente tribal que se desprende en todo el disco sorprende por su carácter orgánico e incluso físico. Puede que el valor orgánico entre en contradicción con el carácter industrial, pero en la práctica suenan compactos. A diferencia de lo que podía desprenderse de Silent Shout, un disco algo frío y oscuro, el sonido de Shaking The Habitual nos envuelve en una selva de hormigón y metal. The Knife funciona como un grupo que dirige a la tribu tecnológica fomentando valores contrarios a ella. Shaking The Habitual es la música para un ritual comunitario.
El cuarto álbum de The Knife busca trascender en todo momento. Unos aires ambiciosos que hacen que sea tal vez demasiado denso, hasta llegar a estar incluso demasiado sobrecargado. Canciones o esbozos como los de “Crake” o “Oryx”. Es normal que en un disco tan largo, en el que se atreven a llegar a todos los rincones que permite su propuesta, haya momentos en los que reduzcan considerablemente el nivel. No debería importar en un disco tan serio, casi conceptual, que no alcancen la perfección. Sin embargo, la segunda parte se hace notar demasiado, importunando a medida que aumentan los minutos que no parecen absolutamente necesarios. Con un disco más condensado habrían conseguido una profundidad mucho más clara. Además, ha pasado tanto tiempo de espera que, aunque la sensación final no sea todo lo buena que podría parecer, se agradece el intento de ofrecer todo el material posible.
El disco carece de un single con suficiente potencia. No hay ningún “Heartbeats”, “A Lung” o “Pass This On”. Tal vez lo que más se acerca son “A Tooth For An Eye” o “Full Of fire”, canciones que se alargan demasiado para una carta de presentación lo suficientemente atractiva de forma instantánea. Esta falta de hits es lo que lo hace más complejo.
Huyen de las estructuras tradicionales o fácilmente identificables enseñando la excusa de la experimentación. Y si bien hay pasajes en los que logran a partir de la búsqueda y el estiramiento de sus armas momentos innovadores, muy avanzados al momento actual, parece más justo decir que lo que The Knife demuestran en Shaking The Habitual es su gran capacidad para la experimentación.
Archivado en: Reseñas
01/05/2013 • 0:00 0
Antes de empezar a hablar de este segundo disco de James Blake es necesario pararse y echar los oídos atrás, antes de que en 2011 se publicase su primer disco largo. Su carrera como cantante no despegaba hasta ese álbum, pero ya antes se había presentado como un productor clave dentro de la discutida escena del post-dubstep, por aquel entonces pequeña, a partir de una serie de EPs arriesgados, inventivos y muy valientes.
Es en esa etapa, de pequeños fallos y grandes aciertos, donde encontramos a un Blake que ya no volverá, a pesar de que podemos decir sin ningún atisbo de duda de que era entonces cuando se había mostrado con una personalidad única e incopiable. Su mejor faceta.
Sin embargo, en 2011 llegó su debut homónimo en donde se cambiaba la exploración ambiental por un acercamiento al concepto de canción más tradicional. Los instrumentos no cambiaban, pero si su aproximación a ellos, así como la gran sorpresa que haría virar la concepción de su música por otros caminos más abiertos a todo tipo de público.
Llegados hasta este punto, es necesario repasar también el EP Enough Thunder, en apariencia menor, pero que visto ahora, adelantaba el camino que seguiría Blake y establecería cuáles son los intereses de futuro de la joven promesa.
En ese EP ya se mezclaba un minimalismo excesivo con una electrónica menos personal. Además, la colaboración con Bon Iver en “Fall Creek Boys Choir” daba pistas.
Se puede hacer sin problemas una comparación con las trayectorias de ambos. Tanto Justin Vernon como James Blake debutaron con unos impactantes primeros discos, en los que empleaban recursos y dejaban revolotear ideas que luego muchos otros copiarían.
En el segundo disco de Bon Iver, muchas de esas ideas se dejaban aparcadas para acercarse al gran público, perdiendo interés musicalmente hablando, pero manteniendo unas cualidades mínimas que lo seguían haciendo reconocible como Bon Iver.
Overgrown es el equivalente al segundo disco de Bon Iver. Mantiene el espíritu del proyecto, pero abandona muchos logros para dejarse escuchar mejor. Una pérdida de complejidad y una potenciación de los elementos más comunes. Por ejemplo, durante todo el álbum hay una presencia mucho más clara y predominante de la voz.
Overgrown palidece en la comparación con el disco anterior. Si aquel era un disco que invitaba a reescucharlo una y otra vez, a partir de canciones certeras, este disco requiere de un reposo mucho más lento. A esto hay que sumar unas canciones con menos garra instantánea.
Poco de eso queda en Overgrown, que comienza bien, mostrándose interesante, pero a medida que avanza acaba estancándose en el tedio y el aburrimiento. Efectos sonoros muy vistos y poco originales, y unas canciones que no llegan a decir nada.
Tres canciones merecen ser destacadas. Comenzando por el single “Retrograde” dirigida a un terreno mucho más pop. “I Am Sold” y su interesante uso de la voz. Pero sobre todo la canción que da nombre al disco, “Overgrown” comienza muy sutil, casi sin nada. Es un inicio que promete un álbum mucho más reposado y reflexivo.
No deja de lado la cualidad minimalista que ya alumbraba el disco anterior. El juego con los silencios y los espacios callados hacen que de nuevo ofrezca un álbum más enfocado a la escucha en solitario que hecho para el directo. Aunque ha sabido demostrar que el terreno del directo no está en ningún momento abandonado, ya que lleva sus canciones a otra zona que funciona perfectamente ante grandes multitudes.
En definitiva, Overgrown sigue un camino muy diferente a lo esperado. Caminando por un terreno que sin duda le hará conseguir mucho más público, pero que emborrona la imagen que teníamos de Blake. Un disco ñoño en el que deja de lado los experimentos. Cero inspiración y arrojo para un álbum que es un portazo sonoro y claro ante aquellos que confiábamos en el buen hacer que había demostrado anteriormente. Overgrown es el adiós definitivo a sus ya lejanos EPs para un material involucionista.
Archivado en: Reseñas
30/04/2013 • 12:26 0
Lógicamente, lo primero que choca al escuchar Mosquito es esa portada horrible que daña la vista. Yeah Yeah Yeahs nunca han llegado a diseñar una portada realmente “buena”, pero en It’s Blitz consiguieron una imagen lo suficientemente impactante como para poder esperar una continuidad en esa línea.
Lo bueno es que el disco no se relaciona de manera directa con su portada. Dejando de lado el giro más estilizado de It’s Blitz y acercándose más al sonido de sus dos primeros discos, Mosquito es una confirmación más del buen hacer de YYY’s.
Andando más por el camino pop y relajado de Show Your Bones y su anterior disco que por la garra de Fever to Tell, el trío no defrauda en once nuevas canciones que se mueven entre guitarrazos y sonidos más electrónicos, sin llegar a tener la presencia tan dominante del disco anterior. En este caso la mezcla está mejor unida, y la producción de Nick Launay, David Sitek y el mismísimo James Murphy, sabe sacarle juego a estas grandes canciones.
En una primera escucha Mosquito suena muy deslavazado debida a una secuencia de canciones que indaga en la sensación caótica que tal vez quieren transmitir. Así, se pasa del primer single, la canción más potente y accesible, “Sacrilege”, al tiempo más suave y tranquilo de todo el álbum en “Subway”, tema que recuerda a los mejores momentos de quietud que siempre incluyen en sus álbumes.
Esta sensación desaparece a medida que vamos entrando en el álbum. Se mecen entre la delicadeza y el desenfado de canciones como “Rich” o “Date With The Night”.
Como siempre, lo mejor llega al final del disco. Se ha convertido en una tradición que en las últimas canciones se encuentren los verdaderos hits que nunca se olvidan. Los clásicos a destacar en Mosquito son tres.
En primer lugar, “Always”, que alterna ritmos electrónicos con teclados y efectos de voz envolventes. Perfecto ejemplo del preciosismo por el que se han decantado finalmente. Como perfecto cierre, “Wedding Song” sigue una estructura progresiva para llegar a una despedida redonda. Y por último, una de sus mejores canciones, “Despair”, entre “Maps” y “Y Control”, mezclando elementos de ambas, pero siendo únicamente posible en un disco más avanzado como es Mosquito. Por cosas así, necesitamos a YYY’s.
Mosquito es un disco que tiene mucho de vuelta a los orígenes, el potencial primitivo del grupo, sólo que ahora como una máquina engrasadísima que ha superado los errores de principiante y ha adquirido una profundidad y madurez mucho más consolidada.
Archivado en: Reseñas
29/03/2013 • 13:51 0