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Un paso más allá del post-dubstep

Resulta curioso el camino que han tomado dos de las figuras clave de aquel sonido que se denominó post-dubstep en 2010. Hablamos de Mount Kimbie y James Blake, que fue colaborador en el directo de Mount Kimbie. Una evolución que los ha llevado a caminos absolutamente opuestos en sus segundos álbumes.

Si la joven promesa, James Blake, comenzó impactando con unas avanzadas producciones que lo situaron en la vanguardia creativa. De ahí hasta llegar a un conformista segundo álbum en el que se aleja de su vertiente más inquieta para abrazar el pop de masas, tal y como reseñábamos en el número de abril.

En cambio, Mount Kimbie no han dejado de avanzar hasta llegar a un terreno más orgánico que se engrasa a la perfección con su maquinaria electrónica. Después de sorprender con el impresionante Maybes, EP publicado para el sello Hotflush con quien también sacaron Crooks & Lovers, un enorme álbum de electrónica actualizada a la nueva década que no fue entendido como debería haber ocurrido.

Para Cold Spring Fault Less Youth, editado en un sello tan importante como Warp, Dominic Maker y Kai Campos, el dúo que se esconde tras el evocador nombre de Mount Kimbie, apuestan fuerte por pulir su estética sonora y se lanzan a un sonido más orgánico que ya habían mostrado en el material en directo que se ha podido escuchar.

Se trata de uno de esos álbumes imposibles de dejar de escuchar una vez que se empieza a oír la primera canción, la sorprendente “Home Recording”. Lo primero que destaca es que finalmente se han atrevido a poner la voz como un elemento básico. Abandonan los samples que dominaban canciones como “Maybes” o “Before I Move Off”, por sus propias voces y la de un colaborador que, en clave hip hop, aparece en dos temas, el invasivo King Krule.

No pierden su tono intimista,  ante todo, Cold Spring Fault Less Youth es un disco para escuchar en tu propio dormitorio, aunque esta vez no haya sido grabado siguiendo la técnica de los bedroom producers y contenga canciones como “Made to Stray”, un hit con una base rítmica que obliga al baile.

De nuevo, las atmósferas siguen presentes como un elemento que identifica notablemente la música del dúo, pero esta vez hay un filtro mucho más orgánico, tal vez por la presencia de las voces, pero también por un uso más frecuente de las guitarras. Como ejemplo, puede servir el caso de “So Many Times, So Many Ways”, una de esas canciones con un aire demasiado especial como para dejarlo escapar.

En definitiva, supone todo un acierto haber optado por la profesionalización de su sonido. No se estancan en los logros de su antecesor y muestran interés en avanzar hacia un sonido puramente Mount Kimbie en donde cabe la mezcla de los ambientes orgánicos con el ritmo preciso y marcado de las programaciones electrónicas, así como la inclusión, ya sin posible marcha atrás, de voces reales.

Mount Kimbie vuelven a demostrar su capacidad para conseguir transformar una melodía aparentemente simple hasta expandirla y alcanzar canciones enormes. Exactamente como este disco.

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