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En la dirección incorrecta

Arctic Monkeys regresan con un nuevo disco que retoma la senda de Humbug, después de su acercamiento momentáneo a un pop más arreglado en Suck it and See. En AM se olvidan de aquellos logros de Suck it and See para lanzarse al sonido más denso y pesado de Humbug, momento crítico en el que optaron por ahondar en un rock que poco tenía que ver con lo que habían hecho previamente. Todo ello de la mano de Josh Homme. Es ahí donde hay que volver para comprender el sonido en el que andan inmersos. Una decisión valiente, puesto que abandonaba cualquier resquicio anterior, pero también controvertida ya que optaron por dirigirse por el camino opuesto a lo que les había hecho ser un referente: la inmediatez. Porque sus dos primeros discos, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not y, sobre todo, Favourite Worst Nightmare huían de cualquier atisbo de pesadez, eran exactamente una búsqueda por un sonido directo, con canciones cortas agitadas por riffs que quedaban grabados en la mente del que lo oía al primer momento. En definitiva, se trataba de un espíritu casi punk, salvando las distancias. Sin embargo, a partir de Humbug, Arctic Monkeys encarnan exactamente lo contrario, desarrollos lentos, un sonido oscuro que huye de lo directo. AM sigue por esa misma línea, incorporando alguna canción destacable, y dos singles especialmente potentes, pero con una coherencia en un sonido asfixiante que deja claro que están instalados de manera definitiva en su búsqueda por hacer algo más serio o maduro, pese a que el rol no les siente del todo bien y se eche de menos sus comienzos.
  
Lo primero que destaca al escuchar AM es la voz de Alex Turner mucho más presente, y es que podemos decir que parte de ese cambio está en un máximo protagonismo de Turner, convertido en un rockstar, apoyado a los coros, especialmente desconectados de la propia esencia del grupo, a cargo de Matt Helders, que opta por un falsete muy forzado que atosiga en cada canción.
  
Sigue presente otra de las señas de identidad más claras del grupo, el uso de riffs que dirigen cada canción. Esta vez no tan inspirados como en otras ocasiones pero dejando algunos momentos para el recuerdo. El resultado es un tono que remite a décadas pasadas, como si quisieran adentrarse en un sonido ya perdido en lugar de potenciar sus propios genes. El problema está en que esta fórmula les funciona en muy pocas canciones, “Do I Wanna Know?” o “Why’d You Only Call Me When You’re High?”, pero en la mayor parte del álbum suena demasiado pesado.

Mención especial merece “No. 1 Party Anthem”, un tema muy diferente que recuerda a uno de los mejores momentos de Favourite Worst Nightmare, “505”. Se trata de un cambio radical donde el piano toma una presencia muy importante, optan por algo más simple y no tan duro como el rock de la primera mitad del disco. Demuestran que cuando reducen la velocidad y escapan de la fórmula de riff más ritmo directo, consiguen firmar canciones mucho más interesantes.

  A pesar de ello, hay que aceptar que Arctic Monkeys se han quedado, aparentemente para siempre, anclados en un sonido que aunque no tenga nada que ver con sus inicios, está ahora unido al concepto del grupo.

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